Si dicen mal de ti con fundamento, corrígete; de lo contrario, échate a reír." Epícteto

sábado, 11 de septiembre de 2010

La nariz contra el cristal La ansiedad

Caía la nieve suavemente y Marilén miraba por la ventana mientras esperaba la llegada de su padre.
Este fin de semana le tocaba con él, y había quedado en ir a recogerla para llevársela al pueblo con sus tíos y abuelos. Pero el tiempo pasaba, la calle se cubría de blanco, y el coche rojo de su padre no aparecía. El corazón empezó a latirle más deprisa al pensar:
—¿Se habrá olvidado de mí? A lo mejor no se acuerda que hoy me toca con él...
—Marilén —le dijo su madre—, ¿qué haces mirando por la ventana? Cuando llegue papá llamará a la puerta, no es preciso que estés ahí sin hacer nada.
Su madre estaba también un poco nerviosa por el retraso y miraba el reloj del salón con insistencia, porque había quedado con unas amigas para ir al cine.
—Tu padre me lo prometió, me dijo que llegaría pronto... —decía.
Marilén estaba nerviosa, tenía miedo de que su padre no llegara, miedo a que su madre se enfadara, y de pronto, ocurrió algo extraordinario: una parte de ella se quedó pegada al cristal de la ventana pero otra parte de ella dejó de mirar y de esperar y se puso a jugar con las muñecas.
Tenía una bonita casa de muñecas de madera que su padre le había construido cuando vivían los tres juntos. Había de todo, igual que en una casa de verdad: salón, cocina, dos habitaciones y el baño. Poco a poco le habían ido regalando los muebles y las cosas necesarias para decorarla: un día las cortinas, otro los sillones, otro la mesa y las sillas, y en su último cumpleaños, las lámparas. Tenía también tres muñecos, un papá, una mamá y una niña.
Sus muñecos estaban en el salón, el papá sentado en un sillón y la mamá en otro. La muñeca niña llevaba un vestido de flores que a Marilén le encantaba. Entonces se puso a jugar con los tres muñecos como si hablara con ellos:
—Mamá —dijo la muñeca niña—, papá me va a llevar al pueblo a ver a los tíos y a los abuelos, y podré jugar con mis primos en la calle y andar en bicicleta por la plaza.
—Me parece estupendo —contestó la muñeca mamá—, yo iré mañana para estar todos juntos el fin de semana porque hoy tengo que trabajar en el turno de noche.
—Hija —le dijo el muñeco papá—, prepararemos una sorpresa para cuando llegue mamá, ¿qué te parece?
—Muy bien, papá —contestó la niña.
Y Marilén movía los muñecos por toda la casita. El papá preparaba la maleta, la mamá abría el armario y sacaba la ropa para el pueblo y la niña cogía su mochila y metía dentro unos cuentos, pinturas y un cuaderno de dibujo por si llovía y no podían salir a la calle a jugar.
De pronto sonó el teléfono y Marilén se quedó inmóvil tratando de escuchar.
—¿Qué te ha pasado? —preguntó su madre enfadada.
Marilén supo que llamaba su padre y en ese mismo momento una parte de ella se despegó del cristal de la ventana y la otra parte dejó de jugar con los muñecos, y las dos partes escucharon con atención. Su madre parecía menos nerviosa.
—¡Menos mal que no ha sido nada! Bueno, aquí te esperamos.
—¿Qué pasa, mamá?
—Era papá. Dice que le han dado un pequeño golpe en el coche por culpa de la nieve, que no ha sido nada importante, pero eso le ha retrasado. Estate preparada, hija, porque papá tocará el timbre del portal cuando llegue.
Marilén se calmó, fue hacia su casa de muñecas y le dijo a la muñeca pequeña:
—¿Ves? ¿Para qué te has preocupado? ¿Por qué has estado tanto tiempo mirando por la ventana? No tienes que ponerte nerviosa, papá vendrá pronto a buscarte...
Y Marilén se puso el abrigo, cogió su mochila llena de cuentos y pinturas y esperó con ilusión el sonido del timbre del portal.
Begoña Ibarrola
Cuentos para sentir2 - Educar los sentimientos
Madrid, Ediciones SM, 2003